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jueves, 25 de marzo de 2010

"Venimos a ver a nuestros maridos y se nos cae el alma" Cadiz


Dos dramas, uno en el local de encierro y otro en la casa de cada uno de los encerrados. Una huelga de hambre forzada y la falta de dinero para comer en sus familias. Escuchar los testimonios de las esposas de algunos de los seis desempleados que siguen enclaustrados en el convento de Santo Domingo desgarra el alma. "Estamos muy mal en casa y venimos aquí y se nos cae el alma a los pies. Están como animales aquí encerrados", dice María, la mujer de Roberto Ojeda.

Ella acudió ayer a Derechos Humanos y puso un fax al Defensor del Pueblo. La desesperación le hace llamar a muchas puertas. "No podemos mantener a nuestros dos hijos, los tenemos mientras con familiares. Y la ayuda de 400 euros se acaba ya, y ni eso nos da para vivir". María tiene 42 años. Es diabética y padece fibromialgia. "Tengo que tomar un montón de pastillas al día y hay muchas veces que no puedo pagarme el tratamiento", explica resignada. Si no fuera por la ayuda de distintos colectivos sociales, la situación sería aún más dura.

Tamara Guerrero tiene una hija de tres años. Su padre, Iván Basadre, está encerrado reclamando un puesto de trabajo. Ingresan 330 euros al mes y el alquiler de su casa cuesta 300. "Estamos malviviendo", reconoce Tamara. Y dice que su marido "tiene juventud, tiene dos manos, quiere trabajar, pero no le dejan". No se explica cómo no se ha buscado ya una solución a la situación de su marido y sus compañeros. "Parecen perros abandonado.

La dejadez del Ayuntamiento es increíble. Cómo pueden ocurrir estas cosas en pleno siglo XXI", declara. Los hijos de Guillermina y Manuel Martín están viviendo en Huelva con la abuela materna. "No tengo otra solución al no poder atenderlas en Cádiz, no puedo darles de comer", señala la madre de las criaturas. El calvario de Guillermina, embarazada de seis meses, es escalofriante. Vive en Cádiz, en casa de su suegra. Allí habitan diez personas y se deben seis meses de casa. "No tenemos agua ni luz. Estamos pasándolo muy mal, aunque venimos a ver a nuestros maridos y no nos podemos quejar.

No tenemos ganas ni vergüenza de comer sabiendo que ellos están en huelga de hambre", lamenta. El trabajo dignifica al hombre y el paro lo empuja a un estado indigno. En Santo Domingo hay seis ejemplos.

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